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La pequeña casa incendiada del autor

Tarkovski


Inflamable
de León Félix Batista. La propia cartonera, Montevideo, 2009. 42 páginas

Latin [América]



La obra de León Félix Batista (Santo Domingo, 1964) constituye una reunión de horror y evidencia. Sus textos arengan la discusión y dan sentido a ciertos debates actuales de la literatura latinoamericana. Quizá, uno de los más interesantes sea aquel que se da sobre la escisión poesía/poema y las múltiples ramificaciones que este engendra.
Tomemos como ejemplo el término casa. En el plano de expresión nominativa, el término casa debió renovar sus galpones semánticos mediante una violación. Para el neobarroco (poética cuyo auge se dio en los años ochenta y su éxtasis en la publicación de Medusario, libro compilado por Echavarren y Kozer [1]), la palabra casa no importaba tanto como el homicidio impune que sucedía en su interior. La observación permanecía maravillada en el flujo de posibilidades entre un acto y otro. Se excluyó a los nombres del relato a partir de la verbalización de los objetos. Un chico era la acción hipotética de su boca; un farol, la posibilidad de que su luz fuera iridiscente. El relato se descompuso en partículas discursivas, el yo se camuflaba de las temperaturas del entorno y era tan inubicable como omnipresente. El poeta era un cuerpo por el cual la avalancha encontraba su cauce, un sentido no destinado a la claridad sino al afán de aceleración.

Sin embargo la palabra casa volvió a los grandes relatos a partir de la obra de dos poetas contemporáneos: Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977) y Héctor Hernández Montecinos (Santiago de Chile, 1979). En ambos, la palabra casa fue el nombre de una región del ser, la expresión de un territorio mucho mas allá de las paredes y las ventanas. En Montecinos podemos encontrar una “pequeña casa que se llamaba noche”, donde los ojos se escinden del sujeto y observan la ternura y el desastre de una lluvia de meteoros en las manos de un muchacho. En Carrión la casa es el espacio donde funciona una fábrica de demonios, una preparación de máquina-dios para que su hijos cumplan con la desobediencia: “ahora mi casa es solamente un pardo sol cercenando las playas donde el tiempo se desploma Todos los sitios que recorrí se pudren tras las pestañas a flor de agua”.

La casa constituye un relato por el hecho de que vuelve a ser un lugar de escritura, el sujeto escribe desde un territorio que lo contiene y lo vuelve suyo. Es libre entonces de salir y observar los más crudos paisajes para los cuales su casa lo preparó. Vuelve a ver demonios, niñas poseídas, ángeles, entidades que habitan su propia habitación.
Contemporáneo a ellos también, León Félix Batista interviene esta escena utilizando el neobarroco como técnica de asociación que relata las propiedades de un objeto y su enigma. En su libro Prosa del que está en la esfera (Tse-Tse, 2006) la casa es “esa cosa que se llama casa” y también es “la casona del antiguo quebrantado fuera intacta, de barniz y con peñolerías, si no hubiera hundido ante el claror de un candelabro.”

León Inflamable



La poesía que se edita en Montevideo rara vez mira para afuera, y si lo hace, su ojo no apunta a las nuevas poéticas actuales. Inflamable, reciente edición de La propia cartonera (Montevideo), es para los lectores de poesía, una buena oportunidad de consumo. Inflamable es un bestiario alfabético. Los poemas parecen definiciones de un diccionario, están agrupados según su primer letra y persiguen, de la A a la Z, un orden léxico.
Los poemas no intentan aproximarse al concepto que les da cabida, sino que, el concepto es una inyección de significado para la posterior elaboración: “silla. (f., del lat . sella) Son técnicas inútiles: la mente es el enigma que va mezclando escenas. La silla giratoria vistiendo su vestido; a mano (y en vislumbre, preliminar un óleo) el tumulto de un delta, siguiendo un plano armónico, exudando. (…) El vuelvo de los polos, tan insignificantes cuando se fortalece con dobles nudos dobles. De nuevo habrá el emblema sucediéndolo desnudos, retrospectiva-mente y a partir de otros compuestos.”

El neobarroco es una herramienta utilizada para el agenciamiento de imágenes pero interrumpida antes que su marea espiral haga naufragar el texto. Es necesario entonces negar el conjunto texto como un nudo prosódico cerrado, aceptarlo como zona de transgénesis, de simbiosis. Escribir es, en palabras de L.F.B.: “un ánimo mestizo desarrollado como el asalto de la sinuosidad a la corrección (escudo del Poder), como agresividad de forma frente a los edificios del Control.”

Excritura



Reescribir un poema es un acto de interpretación y creación a partir de un material textual predado. Ya que, por medio de la literatura, el autor inexorablemente fagocita al escritor, el escritor, por medio de la reescritura, puede fagocitar y desfigurar al autor que el mismo creó. Esta técnica es utilizada en la poesía contemporánea como actividad simbiótica frente al pasado: reescribir un poema es digerirlo dos veces, es aprender su carne y devolver un nuevo enigma.
Frente al concepto de reescritura L.F.B. contrapone el de excritura. “Aun y publicado el texto puede sufrir metamorfosis, a través de un proceso que denomino de excritura. (…) Se trata de que el yo omnisciente permanezca solapado tras las letras y el caos, y su expresión extraiga su equilibro de entre la fealdad y la fórmula retórica. (… )”
Inflamable, es por tanto, una expresión de excritura, donde el yo de otros libros de León como “Oscuro Semejante” (1989), “Crónico” (2000) y “Mosaico Fluido” (Premio Nacional de Poesía Emilio Proud` Homme, 2006), aparecen hibridados a través de un yo con memoria que cambia de escenario pero recuerda su habitación natal.

La escritura es un agregado que desmantela la institución literaria. Podemos ver esto en los meta-diálogos que el yo sostiene con el sujeto que padece y goza: “Mudar de identidad: apremio de mis fuentes, que hincan un pasado perimido. Y el contacto es el enigma, pues consagra con borrascas el vacío a que es proclive para ser.”
La excritura y la reescritura establecen una relación directa entre escritores. Esta relación no es literaria sino pulsional. El excribiente coloca su cuerpo en el instante previo a la escritura del poema que reescribirá. Es por tanto una relación entre escritores donde el autor cultiva su perversión de voyeur. Se intuye una pulsión primaria y se juzga al texto como una de las expresiones de éste. El intertexto (que es la perversión del sistema para sí) está mucho después y es dominio de la literatura.


Manuel Barrios
Publicado originalmente en La Diaria (Montevideo)

Imagen de El Sacrificio de Tarkovski


[1] El libro propiamente fue publicado a finales de los noventa pero el auge de esta poética se dio en los ochenta. La relación estética es observable sobre todo en la obra de Néstor Perlongher, desde Austria-Hungría hasta Hule. El neobarroco entendió que toda poética debe tener su correlato filosófico, la relación es la poética misma. El postestructuralismo deleuziano y el neobarroco compartieron una misma renuncia. En ambos, el eterno retorno es la seguridad de una diferencia inmanente a cualquier identidad. La redefinición deleuziana apoyada en la escritura tuvo su correlato en el abandono estructural del neobarroso poético. El término “neobarroso” expresa la tensión donde el poema puede ser la joya que brilla en el barro, y la poesía el lenguaje y el barro adonde el habla regresa. El poema pierde la limitación jerárquica, su preciosismo barroco, métrica y rima se elevan del suelo y el habla pone énfasis en su condición heteróclita y multiforme. Hacer un poema es un ensayo de poesía, una posibilidad no definitiva al igual que la máquina-lengua deleuziana.

Partido Uruguay Argentina, Ley de caducidad Caducidad de la ley



Dos grupos con distintas prácticas y lenguajes, están aislados entre si. La idea que los habitantes de cada grupo tiene de la justicia y la libertad es distinta a la de otros. Incluso si la idea es la misma, los actos que la representan son diferentes. El que no se identifica con las víctimas de la dictadura, temeroso o indiferente, no percibe una injusticia en las torturas e intervenciones. Quien tiene ciertas prácticas tiene cierta lengua. El que no interpreta un dolor como tal, no siente indignación por la impunidad de los responsables de ese dolor. Para sentir alguna empatía, hace falta ver los síntomas del dolor, haber conocido a los que desaparecieron o conocer a quienes los tienen ausentes.

Unos y otros van a decir: "es justo que yo sea libre". Los que quieren venganza, los que quieren justicia, los culpables, los que aman a las víctimas, los que aman a los represores, los indiferentes, los ignorantes, los sabios, incluso aquellos que lucran con todo este debate. Todos quieren libertad, todos quieren justicia, pero la justicia de unos y otros es contradictoria; el lamento de uno es el martirio de otro; el descanso de uno es la dignidad de otro; la vida de uno es la humillación de otro.

Sin embargo, la oposición es falsa. Aunque se le llame justicia y dignidad a una forma individual de sentir, el mero hecho de que sean conceptos, palabras, lengua, revela su raíz social. La justicia no es justicia para alguien en particular, aunque se manifiesta de manera particular. Cuando alguien tortura, el acto puede parecerle digno, incluso puede parecérselo a la víctima, y también puede ser digno para la democracia (como quedó demostrado con el fracaso del voto verde). En el anterior referéndum, la tortura resultó legalmente digna, como resulta digna, por ejemplo, la humillación futbolera (que a menudo los perdedores experimentan con gran dolor y probablemente con gran placer de expiación).

En otras palabras, el referéndum no es un asunto de justicia y dignidad salvo en la medida que ese sentimiento particular alcanza la esfera política, el plano normativo más allá de lo emocional-humano. En el caso de la ley de impunidad, a diferencia del caso futbolero, los sentimientos tienen una determinación real. En términos analíticos, el fútbol corresponde a un goce inmanente, personal, intransferible, un bien espiritual o del inconciente. En sentido social, es el ámbito abismal donde se resuelven energías bélicas producto de la paradoja social (entre la felicidad de unos y otros). No tiene significado en la realidad (más allá de ser un ejemplo de opio de los pueblos y de los intereses económicos que solapa): se trata de un fetiche que oculta el mismo objeto que muestra (la división social). En cambio, el referéndum no se reduce a su sentido en lo real, la expresión de emociones, sino que constituye un marco simbólico: la sociedad marcando su propia pauta. El mensaje puede leerse: "la democracia no tolera ninguna excepción a la prohibición de la tortura y el asesinato". ¿Cuál es la necesidad de esta aclaración? El que los otros puedan exigir un imperativo semejante, el que tampoco en nombre de la democracia, la dignidad y la justicia se mate y se torture. Tratándose de una búsqueda de sentido, es suficiente con quedar satisfecho, con ejercer la venganza o purgar culpas. Al referirnos a principios, en cambio, nos dirigimos a los actos, a la dinámica económica, las relaciones de poder político: la disposición institucional.

En conclusión, al hablar de la elección popular sobre la ley de impunidad en términos de sentido, de exaltación y reivindicación, se la está equiparando con una actividad de catarsis, de desahogo. Por principio, si fuese justa la tortura, también podría serlo la expropiación de la propiedad privada, la conquista económica de la masa bárbara, la inseguridad como consecuencia de la indiferencia de clases, o como reverso de la ostentación del placer por parte de los favorecidos. ¿Por qué argumentar en nuestros propios términos si también el señor sentido común, consecuente consigo mismo, debería votar la anulación? También los niños del mañana, también hay que votarla para dejar caer las etiquetas. Sin embargo, no basta con que todo el mundo esté satisfecho, cuando se sale al ámbito público hay que preguntarse cuál es el problema (y hay quien recomienda buscarlo precisamente donde no parece haber problema).

Dublineses o el inútil combate

Ensayo sobre Dublineses de James Joyce.

James Joyce, Dublineses - Dibujo de Andrés Vico, Epilepsia

1. La vida como hipótesis de trabajo



Si por un instante renunciamos a examinar la obra de James Joyce analíticamente y nos alejamos para contemplarla en su conjunto, se nos presenta una masa de forma singular y dimensiones impresionantes a la que constante e irremediablemente debe volverse la mirada. Su influencia, en cambio, resulta en general desconcertante y, en ocasiones, produce la sensación kafkiana de que hubiese abierto puertas por las que nadie más estaba destinado a pasar.

Cualquier aproximación a este autor requiere como punto de partida necesario, aunque no por ello suficiente, un adiestramiento en la paradoja, estudiar sus resortes más íntimos hasta que se nos hagan familiares. En tal sentido podemos ya dejar caer la primera: la presencia de Dublín en la obra joyceana. La relación de Joyce con Irlanda, en general, y con Dublín en particular, se parece menos a una concesión graciosa y apologética que a una feroz invectiva.

Sin embargo –y aquí entra lo aparentemente paradójico- es la invectiva de alguien que se siente profundamente ligado a las circunstancias y al destino de su pueblo, desarrollada con crudeza y genialidad a lo largo de cuatro libros. Es así que la obra de Joyce se asemeja a la estructura y concentración discursiva de un sueño, por cuanto consiste siempre en el mismo tema básico replanteado en todas las formas y con todas las variaciones posibles.

Resulta altamente sugestivo, además, el hecho de que lo que luego de siete años de trabajo llegó a convertirse en el “Ulises”, comenzó siendo, quince años antes, un cuento breve para “Dublineses. Si bien los exégetas del Ulises probablemente no saluden con beneplácito un plus de complejidad al ya intrincado análisis de dicha obra, el dato de su génesis revierte sobre su naturaleza primordial e invita a comprender el libro como otro intento de Joyce por denunciar el alma de esa “hemiplejia o parálisis que algunos llaman ciudad”. Acaso algo muy parecido pueda decirse sobre “Retrato del artista adolescente” aunque en este caso los aspectos autobiográficos son algo más evidentes.

Pero Dublín no sólo es el centro de su obra. Si nos tomáramos el trabajo de dibujar sobre un mapa los movimientos realizados por Joyce a lo largo de su vida, esa trayectoria muy probablemente se parecería a la de un yo-yo girando en torno a un centro, alternativamente en su seno o su apoquiro, pero invariablemente referido a él.

Por ello es preciso no perder de vista que al emprender la tarea de disecar la ciudad de Dublín y sus habitantes, de medirse con sus fantasmas, de desnudar sus defectos, sus vicios, sus debilidades, en suma, su parálisis, el autor reconoce su condición trágica de miembro integrante del objeto analizado y no sólo de mero comparsa del drama colectivo.

2. El fantasma de la libertad



Toda manifestación de parálisis recuerda en cierta forma unas palabras de Casandra, personificación de lo pasado y lo por venir, del tiempo que se detiene en el presente para develarse hacia atrás y hacia delante: “...¿qué puede hacer un tiempo más? ...Basta de vida” (Dicho sea de paso, sólo la antigüedad conoció la grandeza de superar lo inevitable aceptándolo por propia voluntad.)

“Me muevo, luego existo” parecen afirmar los personajes de Dublineses toda vez que el demonio de la actividad se infiltra en su sangre “y si existo he de seguir moviéndome”; moverse para olvidar el diálogo interrumpido, para llenar el vacío de la faz que se ocultó. Todo se degrada en una torsión del intelecto sobre sí mismo. La duda de los personajes no proviene del exterior sino que ya se encontraba en su interior y les estaba predestinada.

Más allá de la invención y la impostura, los únicos tormentos que cuentan son los que surgen a pesar de la voluntad, sólo vale lo inevitable. Los personajes se mueven, pero en último término no eligen “quedarse” en Dublín sino que eligen “no irse”. La decisión de permanecer implicaría un compromiso con el lugar en el que se está, mientras que elegir “no irse” supone definir un espacio negativo puramente por alejamiento del exterior.
Es estar en dos lugares al mismo tiempo y no estar en ninguno, un déficit del ser, la tentación de la tristeza.

Mientras más lejos se está de las apariencias menos se necesitará de signos que las realcen o simulacros que las denuncien, en ambos casos obstáculos a la hora de buscar lo importante, el fondo último del silencio.

Por tanto, no hay silencio frívolo o superficial, todos son esenciales y cualquier vocablo en estos casos equivale a manchas en el silencio (Véase el pasaje de “Las hermanas” en que el niño es perturbado por el rezo balbuceante de Nannie y, en general, el papel que juega el silencio en todo el cuento: “.....carruajes a la moda que no hacen ruido...” “...se calló como si estuviera en comunión con el pasado.....” “...el silencio se posesionó del cuartito.....” “Se detuvo de repente como si oyera algo. Yo también me puse a oír; pero no se oyó un solo ruido en la casa....” etc.)

Como imágenes fuera del tiempo, antes que desarrollarse, las situaciones se repiten con sutiles variaciones. De tal suerte, se genera una "stasis" entre la expectativa y su realización. Tal como en un sueño, no hay liberación posible hasta que despertamos, y no porque el sueño haya terminado.

De la misma forma en que Wittgenstein definía el silencio a partir del exceso, la parálisis joyceana se edifica sobre una idea de saturación, una superposición de posibilidades que vuelven sobre sí mismas para morderse la cola. No es solamente que las historias estén habitadas por el silencio: ocurren dentro mismo del silencio, y es precisamente su devenir lo que produce las manchas sobre el continuum del lienzo. Es el silencio y no el ruido el que funciona como el golpe de bastón del monje Zen. Invita a olvidar lo que ya ocurrió y desalienta cualquier curiosidad acerca del futuro. Aún así, lentamente iluminados, los detalles se revelan con discreción, las capas se entretejen y disuelven, liberándose del peso innecesario, hasta alcanzar una implosión de éxtasis en la que el aburrimiento es el síntoma de la conciencia. La vida se derrama de pronto por un hilo suelto.

3. Ritual de lo habitual



Mientras los personajes transitan por la ignorancia –náufragos en la calle de la providencia- las apariencias conservan una sospecha de inviolabilidad que permite amarlas y detestarlas, estar en lucha con ellas. El saber, el despertar, suscita entre ellos un hiato. Pero, aun así, se percibe lo gastado que está por venir y todo se vuelve virtualmente pasado, es la asfixia del devenir, la saciedad por carencia, la gran parálisis. Se construye de este modo un tiempo que no se mueve, una tensión en la monotonía que no se abre a nada, ni siquiera hacia la muerte, se descuenta el desenlace y si se prosigue es por ausencia de fuerzas para capitular en la caída.

Precisamente la idea de “caída” aparece implícitamente en casi toda la obra de Joyce y de modo ostensible en “Finnegan’s Wake” cuando el personaje principal Tim Finnegan cae de su escalera –se precipita desde se orgullo, cual Humpty Dumpty- representando la caída de Lucifer y del hombre.

La única salida de esa aniquilación en pequeñas dosis está representada por algún sobresalto de vida, una virtualidad de luz que permita empezar de nuevo y jugar con inteligencia las cartas que tocaron en suerte.

En este sentido, cualquiera –persona o personaje- que no hace un poco suya la frase de Keats “Después de todo hay algo real en este mundo” (“algo que valga la pena” diríamos nosotros) se coloca para siempre por fuera de la acción y fuera de la vida.


Alejandro Keller
ilustración: Andrés Vico

De palabra no funciona

Laura Alonso, Tratado sobre huecos. Estuario: Montevideo, 2009. 56 páginas

Laura Alonso es una figura del ambiente literario Montevideano. Participa de un pequeño circuito de lecturas donde podemos incluir a La Ronda Café (ciclo que organiza el poeta Martin Barea), y Casa de los Escritores del Uruguay, entre otros. Recientemente participó de Zona Poema, la Casa invita, festival nacional de poesía, en el marco del día de Zona Diseño (junio 2009). Su libro, recientemente publicado y a presentarse en el Café de La Diaria (Miércoles 12 de agosto - 19.30), posiblemente prefigure parte de la ausencia que me permitiré presentar.

Tratado sobre huecos, 2do premio en el concurso anual de Literatura del MEC, categoría Poesía inédita (2008), es un libro de poemas, no una obra. La diferencia entre ambas categorías radica en que el libro nunca realiza su propósito, pero tampoco sufre por ello. La obra, por otro lado, nace a través del desgarro o perece a causa del silencio. El libro no nace ni muere, pero tampoco vive.

El discurso se estrella contra sus paredes ya que la hendidura es menos física que sentimental. Por momentos la vacilación se apodera del flujo y esto repercute en la sintaxis:

la palabra trinca
silencio. Palabra
en-cadena. Palabra
barrote. Palabra
trampa. Palabra
móvil-gatillo
del asesinato

Esta reflexión sobre la palabra deriva en la materialización del anuncio, el poema es asesinado cuando reflexiona sobre su metarrelato, ya que elige perder sus capacidades productivas para centrarse en las hipótesis de su no concreción:

Laxitud
metáforas inútiles deslizante error
de coordenada.
abstracción.
cosmovisión insoportable. Cercanía.
bosque enmarañado del lenguaje.

Esta actitud termina por entrañar una sombra terrible: el lenguaje como el bosque donde se talaron los árboles bifrontes. Forma e imagen son privadas de su teoría semiótica post concretista, ya que el lenguaje no es el soma sino el sistema, y la lengua no es el sistema (mucho menos la identidad) sino la herramienta, y la escritura es, en la poética de Laura Alonso, la palabra.

Por eso el deseo se disfraza de “abtruso pozo”, y los sinónimos son “chatarras del lenguaje”. La palabra está hipostasiada al punto de convertirse en una categoría. Pensamiento y lenguaje se disocian.

Laura Alonso, o, Laveron (nombre con el que comenta los sitios web de la vuelta), nos ha entregado un libro anti teórico, o bien, ha publicado un tratado que niega la empresa de escribir uno. Es allí donde se comprende la constante remisión a la segunda persona, o las similaridades compositivas que marcan el inicio de cada poema, donde los versos parecen conclusiones nominativas resultadas de una sobrecorrección.

Tal vez sea por esto que de la palabra Poética se diga que:

tal vez sea restar
palabra menos palabra
palabra menos
palabra. Papel
vacío
claro del bosque.

Bosque despejado agregaríamos, tanto de animales como de ramas.


Manuel Barrios
Publicado originalmente en La Diaria
Montevideo, 2009

El cerebro masticado




Szamanka (Chamana)

Dirección: Andrzej Zulawski

Guión: Manuela Gretkowska

Polonia, 1996 - 112 min.


Preludio


Un antropólogo a punto de culminar su Doctorado y de consolidar su vida adulta. Una investigación a su cargo sobre un chamán recientemente encontrado en las excavaciones del Departamento de Antropología. Una estudiante de ingeniería, que emigra de su casa y su pueblo a la ciudad. Una historia paralela entre ambos personajes se desarrolla desde los primeros minutos de película hasta que el propio desarrollo la vuelve transversal. Paralela, en cuánto a que comienza como un romance localizado, que no trastoca el ordenamiento real de cada vida. Transversal, en cuánto a que trasciende el pacto inicial y el trance (auto) provocado invade y de hecho destruye las edificaciones visibles de la vida del protagonista.



Para este simulacro de análisis de Szamanka, simulacro que sucede con todo análisis de algo cuya expresión mayor es ese algo y no esto (solo y solo si, esto se convierte en un otro independiente de ese algo, cosa que por lo pronto, sólo saben hacer algunos pocos), interesan dos aspectos, más un intervalo. El primero, es la imposibilidad humana de tener una concepción abarcadora de su propia mente/espíritu, que a su vez sea accesible a la conciencia y se ubique en una unidad espacio-temporal. El segundo, el derrumbe de lo concreto real tras el intento de dicha unidad, el extrañamiento del sujeto y su posterior autofagia. El intervalo es lo que media, lo que hace posible que el cerebro no sea masticado.

El sujeto alucina su mundo. (1)




Como subtexto, como fantasma o como atajo, el presente texto hace uso de algunas de las ideas de Lacan sobre la constitución de la mente humana. Además de los tres órdenes de la psique, a saber lo imaginario, lo simbólico y lo real, aquí interesan sus puntos de contacto y/o ruptura. Si de las experiencias concretas de todo mortal en el mundo de los vivos se trata, las intersecciones entre dichos órdenes, parecen tener más jugo. Retomando la vieja analogía con el lenguaje, si el dominio de lo imaginario, real y simbólico es considerado como una suerte de estructura de la mente, de código sincrónico de la psique, las eyecciones inconscientes, las resistencias, los deseos, las agresiones, las ilusiones y demás, serían sus manifestaciones singulares, el mensaje en un espacio tiempo determinado, la expresión del código en la existencia humana concreta.

Para Lacan las ilusiones o sus satisfacciones ilusorias, no pueden ser de cualquier orden. Si bien tienen su origen en el agujero imaginario, el sujeto las conduce por otro orden: dichas satisfacciones encuentran su objeto en lo real puro y simple. Las ilusiones constituyen un ejemplo de estas intersecciones entre órdenes, el objeto real evacua momentáneamente las necesidades del síntoma. La finitud de la satisfacción de dichas necesidades es imprescindible para no desarticularse en el intento. Jamás un síntoma ha apaciguado el hambre o la sed de un modo durable, fuera de la absorción de alimentos que los satisfacen. (…) Todo esto no es concebible más que como una fase que por supuesto no podría durar, salvo entrañando daños irreversibles (2). (¿Qué son los pecados enseñados, sino la advertencia de la destrucción –del otro y por ende de uno en relación al otro - a través de la satisfacción continua de nuestros síntomas?).

Lo imaginario es casi siempre intangible. Los fantasmas están obligados a quedar en el sótano de lo inconsciente para no alterar el orden de la casa. Un comportamiento puede ser imaginario cuando su desvío sobre imágenes de su propio valor de imagen para otro sujeto, lo vuelven susceptible de desplazamiento fuera del ciclo que asegura la satisfacción de una necesidad natural (3). Es así que registros de lo imaginario pueden encontrarse en los registros sexuales, los mismos proporcionan la satisfacción de una necesidad natural, pero al mismo tiempo son plausibles de ser desplazados de esta función inicial, por el valor que como imagen tienen para un otro. Los mismos a su vez, nos proporcionan, a los efectos del presente texto y de Szamanka, el fluido que oficia de nexo.

Retomando la película, el protagonista está inmerso en el estudio de un antiguo chamán encontrado en las excavaciones. El vínculo emprendido con la contraparte femenina, hilo narrativo del devenir de la historia, que aparece al principio como producto de una atracción instintiva y repentina, rápidamente comienza a dar indicios de estar estrechamente asociado al rito que emana del antepasado en escrutinio. Como si el espíritu del chamán desenterrado danzara en medio de la intimidad de la pareja. Es así que luego de los primeros encuentros, la historia entre ambos personajes deja de ser la depositaria del misterio, alojándose éste en lo que es descubierto a través de ella, en su contenido fantasma.

Primer apunte: Más que la historia de dos personas que se encuentran es la historia de búsquedas paralelas e independientes. Por un lado, el hombre parece transitar por una suerte de rito de paso, mediante el cual se reencuentra con diversos elementos de su vida pasada y presente (y quizás, de forma no tan evidente, de la futura). Por otro, la mujer encuentra, casi al unísono, refugio y placer; al unísono por el tiempo (las satisfacciones son casi inmediatas y se acompañan) pero a su vez en el espacio: es algo que no encuentra en otros, dichas satisfacciones están indefectiblemente unidas al otro-personificado que la acompaña.
Segundo apunte: La historia en común se diluye y aparece la búsqueda individual del protagonista, en relación dialéctica entre los fantasmas imaginarios y los monstruos reales. El chamanismo, cómo símbolo, nos aporta el punto de fuga del orden real de la existencia del protagonista; la historia sexual, el desplazamiento justo en dónde los diversos órdenes se encuentran; la mujer, el canal del trance. La historia es ante todo, (antes que una historia de amor, antes que la anécdota antropológica o del misticismo sexual) el punto de inflexión de la vida del protagonista, la búsqueda de respuestas (casi metáfora del ser humano en cuanto sapiens) y el posterior y consecuente fracaso.

Mientras que el fantasma es la pantalla que nos protege del encuentro con lo real, el fantasma en sí, en su nivel más fundamental (…) no puede ser subjetivado y tiene que mantenerse reprimido para poder funcionar. (4)

Me babeo, me babeo, me babeo. (5)




Sin profundizar en los estudios antropológicos sobre el chamanismo y aventurando alguna experiencia amateur, podemos destacar dos aspectos del chamán que son útiles al presente texto. (1) El carácter eminentemente individual del trance chamánico. Dicho aspecto no contradice la función social que han tenido o pueden llegar a tener los chamánes en los diversos grupos. Pero cómo práctica o estado, la esencia del mismo está definida por un retraimiento hacia sí mismo (o hacia el más allá, pero siempre a costa de un desdoblamiento del self), generalmente de espaldas al Otro. (2) Los rasgos particulares del viaje chamánico como rito espiritual a través de un ejercicio mental con vocación totalizadora. Entre algunas de las funciones del chamán, se destaca su poder de comunicación con el mundo de los espíritus, la capacidad de poder provocar trance para acceder a visiones y revelaciones, la posibilidad de abandonar el cuerpo (concebido aquí fundamentalmente como el cuerpo social o socializado) para buscar respuestas. Etimológicamente la palabra chamán significa uno que sabe. ¿Qué es lo que sabe? Sabe unir los diversos niveles de la mente/espíritu, que se encuentran habitualmente compartimentados. Justamente, realizar la ruptura (momentánea) de los diversos tabiques que separan la psiquis humana en búsqueda de la verdad. Volviendo a Lacan, poder derribar al mediador, unificar lo real y lo imaginario en un solo momento espacio temporal. (6)


El rito chamánico como búsqueda.

El viaje chamánico en sí mismo, implica un intento mesiánico de restaurar una ruptura irrestaurable, pero ante todo como rito concreto, implica un lapso de tiempo limitado. El trance no es una búsqueda espiritual metódica y de largo aliento, es un desorden abrupto y momentáneo. La satisfacción de la ilusión de llegar a develar el secreto. Si bien, en un inicio, el antropólogo parece transitar un proceso de mimetización ascendente con su objeto de estudio, la relación con el chamán desenterrado, oficia sólo de nexo para comprender el recorrido introspectivo del protagonista. Pronto el cadáver queda suspendido: como imagen que precede o como anticipo de lo que sucede (valga la contradicción). Como efecto cinematográfico, ahorra todo este recorrido y nos instala de inmediato, de forma casi mimética, en la afectación del correlato en vida del cadáver chamán.

En el desarrollo de la película, el hombre, que en principio parece movido por una atracción sexual hacia la joven y por cierto hermosa mujer, comienza a dar indicios de una búsqueda que supera toda relación con la misma, pero también con el resto de sus vínculos cotidianos. A medida que transcurre la película, comienza a delinearse con mayor claridad el camino estrictamente individual hacia alguna revelación o verdad oculta. De apoco se observa una progresiva desarticulación de la imagen real del protagonista a medida que él mismo va desarticulando sus propias certezas en el orden de lo real y lo vemos enfrentado casi como un recién nacido a su disciplina, a sus pares, a su esposa y su futura casa, a su antigua ciudad, a su familia, a su padre. La práctica ritual chamánica, como desdoblamiento del ser social nos aporta los elementos necesarios para entender el comportamiento del protagonista en medio de éste devenir: al desarticular los pactos individuales con lo real y comenzar la ruptura introspectiva, lo vemos despojarse progresivamente de los elementos adquiridos en los procesos de socialización de todo ser humano. Los ritos chamánicos están signados por una suerte de comportamientos regresivos (bailes elementales, movimientos espasmódicos, ingesta rudimentaria de alimentos, defecación y vómitos in situ), símbolos de la ruptura del self con el otro social.

Volviendo a la película, lo que tiene de interesante el recorrido emprendido por el protagonista es que el mismo no se agota en el desentrañamiento de los nudos de su psique particular (más allá que el corolario sea el reencuentro con el padre), sino que trasciende la introspección terapéutica. Como hombre de ciencia, parece estar signado por cierta vocación de verdad, desde el carácter metódico de su investigación hasta el rigor científico que adquiere su exploración ritual.


El sexo como llave.

El trance en tanto medio, se encuentra generalmente rodeado de un ritual específico dónde existen elementos que ofician de llaves para la ruptura necesaria. En la película, a modo de ayahuasca u otras drogas habituales, el sexo es el vehículo de acceso. En relación a la idea anterior, del viaje chamánico como metáfora de la enajenación del sujeto en la búsqueda de verdad, los registros sexuales oficiarían como llaves, justamente porque permiten desplazar la satisfacción del síntoma de la saciedad inmediata de una necesidad natural o biológica, abren un puente entre lo real y el orden fantasmal.

Llegado a este punto y teniendo en cuenta que partimos de Szamanka, vale mencionar el desarrollo dialéctico de la película entre cada exploración sexual, las consecuentes revelaciones y los signos de progresivo deterioro del protagonista. Una de las escenas que mejor representa esta idea es la que se desarrolla en el baño del tren que los trae de regreso del pueblo natal. El hermano del protagonista acaba de suicidarse, y tras arreglar asuntos de herencia y demás, vuelven a la ciudad. Por las rendijas de la puerta semiabierta del baño de un tren local, vemos a los protagonistas nuevamente en trance, mientras el antropólogo devenido en chamán balbucea:
Nuestro padre murió cuando yo tenía 19 años. El tenía 15. Se ocupó de mí, me sacó de la pandilla. Tenía carácter de cura. Se sacrificaba por otra gente. Fue al seminario solo después que terminé de estudiar. Leía filosofía en griego y latín. Nuestro padre iba de una prisión a otra. Salió en 1956. Estaba loco. Sólo mamá podía tratar con él. Mi hermano quería ser cura, no necesitaba la casa. Yo no iba a volver. Y ese llorón apenas llegaba a fin de mes. Mi hermano lo ayudaba también. El dormía en su casa, pero mi hermano lo involucró con cosas gays. El era cura y gay por vocación. No encontró una salida y se colgó.

La mujer en cambio participa en este rito de una forma diferente. Al participar del trance, también lo hace de forma individual. La diferencia está en las características del objetivo de su búsqueda, la misma es indisociable de quién lo acompaña. Ésta se completa en el propio acto, el de placer y el de unión (y las implicancias correspondientes a dicha unión). Es por eso quizás que intenta oponerse a las posibles fugas del hombre, es por eso que lo acompaña, es en este sentido que lo ama. Sus satisfacciones son tan individuales como las del otro, solo que absolutamente dependientes.

Baido (7) en relación a la obra de Beckett analiza las formas de amor que aparecen entre sus personajes. Casi siempre, a partir de una búsqueda de algo que falta, a partir de la ilusión de engendrar belleza. Sí, así de contradictorio con las habituales lecturas del autor. Ahora bien, escindiéndonos de Beckett, Badiou se detiene particularmente en la diferencia casi ontológica de la forma de amor entre la mujer y el hombre: mientras en la primera el objeto de amor se expresa en recobrar la unidad perdida entre dos seres, en el segundo, el mismo se mantiene a través de la restauración del intersticio que separa dicha unidad. Si bien no considero que el amor sea uno de los temas relevantes de la relación entre los dos protagonistas de la película, la idea es útil para comprender los comportamientos de ambos personajes ante lo que los une y quizás también, ante el desenlace.



Luego de reiterados encuentros y exploraciones sexuales con consecuentes revelaciones el protagonista se traslada repentinamente al apartamento rentado a la mujer. ¿Por qué te mudaste?, le pregunta su ex pareja. Quería estar con ella, responde. ¿Por qué?, vuelve a preguntar. No lo sé. Ella es una tonta, o una santa, una poseída. Tiene estigmas, al menos uno. La mujer como el cuerpo vehículo, la llave azul que conecta el mundo de lo imaginario y lo real. Esta vuelta de tuerca esperable, augura el fin del ritual o sus desastrosas consecuencias. La profundización extrema de la experiencia espiritual, de ésta búsqueda instintiva de verdad, lo conduce en principio a poner punto final al intento de verdad absoluta. Luego de la sublimación de la experiencia sexual que oficia como historia paralela, vemos al hombre lavando vidrios de los trenes estacionados en la madrugada de la estación. Mi padre era ferroviario es su explicación a tal emprendimiento. El primer final del viaje es el abandono de la fe científica por la búsqueda de la verdad, y por ende el abandono de la enajenación del trance como camino. ¿Por qué me dejas?, pregunta la mujer, No sé. Y cuando no sabes, debes volverte cura. La palabra religiosa como protección sabia, como apaciguamiento metódico ante la angustia.

Destrucciones o las consecuencias del mal radical.




Bernard Sichère en Elogio del Sujeto propone cuatro tesis sobre el sujeto humano: (1) el sujeto se constituye como dialéctica entre un cuerpo (violencia de las pulsiones) y la palabra (elemento que lo humaniza en relación consigo mismo y con los demás); (2) un sujeto se define como la singularidad de un deseo, pero al mismo tiempo no cede ante el deseo y puede, mediante la mirada de sus propios ojos y de los ojos de los demás, resistir ante todo aquello que amenace su consistencia; (3) esta singularidad no es una realidad dada de antemano sino que es producto imprevisible de una historia y (4) esta historia imprevisible está condicionada por la fuerza de los símbolos propios de una comunidad determinada (8). En su obra posterior, Historia del Mal, relaciona dichas tesis del sujeto con el problema del mal: es el enigma del mal, entendido como mal radical, lo que experimenta la consistencia del sujeto.

Si bien el mal se experimenta de acuerdo a los códigos de las determinadas culturas, existe la invariante en la experiencia del mismo: el enfrentamiento del sujeto con algo irreductible, con el horror y con la angustia. Ahora bien, ¿Cuál es la característica sustancial del mal en la contemporaneidad? Al no contar con un sistema simbólico vigoroso que exteriorice la forma enigmática del mal (sistema que ha tenido diversas expresiones a lo largo de la historia de occidente: en Grecia, en la cristiandad, en el judaísmo…), éste se repliega hacia el sujeto, formando parte de su propia singularidad. En la época contemporánea, según el autor existen tres ámbitos que nos aportan los discursos hegemónicos en torno al mal, a saber, la política, el psicoanálisis y la literatura, siendo el segundo un eslabón perfecto entre el primero y el tercero. Sin profundizar en las peculiaridades de cada discurso, el mal es una cuestión filosófica sustancial, en cuánto nos conduce al extremo de lo que para el sujeto es posible soportar y pensar, como mal radical surge paradójicamente como la evidencia de algo extraño y amenazador que el sujeto experimenta y que desde el interior lo quebranta hasta el punto de arrancarlo de su propia cohesión. (9)

De nuevo en Szamanka, y ahora sí, centrándonos por completo en el devenir del protagonista masculino, el mal, como angustia inefable del ser contemporáneo, subyace desde el inicio, sin embargo se hace presente solo al final del recorrido. ¿Qué es lo que lo motiva en su búsqueda introspectiva, en su trance chamánico, sino lo que tiene de abyecto el horror cuasi-ontológico? ¿Qué es lo que lo precipita a poner fin al mismo, sino la renuncia a develar el secreto, la salvación sutil de la palabra religiosa?

Sin embargo, en el devenir de la película, éste viaje radical, ésta enajenación del sujeto, han tenido profundas consecuencias en la vida social del protagonista, rompiendo los lazos que lo unían con su realidad comunitaria. El orden simbólico que media entre los otros y el sujeto se ha desdibujado paulatinamente. Según Zizek, La función principal del orden simbólico, con sus leyes y obligaciones, es volver nuestra coexistencia con el otro mínimamente tolerable: un Tercero debe interponerse entre mis prójimos y yo, de manera que nuestras relaciones no estallen en violencia asesina (10) Cuándo se encuentran lo real y lo imaginario, la laminilla se hace añicos, el cerebro es devorado.

Así como en la película Mulholland Drive (11), Betty ha abierto la cerradura que la transporta hacia el abismo fantasmático del ser, tanto que no logra sobrevivir a los embates del fantasma convocado, en Szamanka, si bien por un camino distinto, el protagonista ha roto los lazos vitales que mantienen a la Cosa (12) apartada para que el hechizo funcione, su consistencia en tanto sujeto ha sido desmantelada. El segundo final entonces, sería la imposibilidad de escapar a la perturbación producida por tal desdoblamiento. El corolario, la autofagia.

Salgo de viaje, premonición, de ingresar en una emboscada… (13)

Referencias:
1 De Saussure, R. “Freud prima di Freud. La nascita della psicanalisi”.
2 Lacan, J. (1953) “Le symbolique, l’imaginaire et le réel”. Conferencia pronunciada en el Anfiteatro del Hopital Psiquiátrico de Sainte-Anne, para la Société Française de Psychanalyse, Paris.
3 Ibídem.
4 Zizek, S. (2008) “Cómo leer a Lacan”. Paidós, Buenos Aires.
5 Extracto de canción de Albert Plá.
6 Lacan, J (1966): “Acerca de la estructura como mixtura de una Otredad, condición sine qua non de absolutamente cualquier sujeto” www.philosophia.cl
7 Badiou, A. (2007) “Beckett: El infatigable deseo.” Arena Libros, Madrid.
8 Sichère, B. “Elogio del Sujeto”. Grasser, París.
9 Sichère, B. (1996) “Historias del Mal”. Gedisa, Barcelona.
10 Zizek, S. (1982) “El sublime objeto de la ideología”. Siglo XXI, Buenos Aires.
11 Mulholland Drive (2001), dirigida por David Lynch.
12 Lacan, J (1988) “El seminario. T7 La ética del psicoanálisis” Paidós, Buenos Aires.
13 Extracto de canción de Fernando Cabrera.

Apuntes sobre un libro de literatura

Gabriel Vieira. Montevideo, Yaugurú. 2008. 173 páginas.

De un tiempo a esta parte el énfasis en la escritura por encima de los géneros ha cobrado cierta importancia. Quizás la obra de Jacques Derrida fue uno de los mojones decisivos para que la idea del libro y su escritura primara sobre la de él libro y su género (ya que el género atiende a lo normativo y no tiene la capacidad de mutabilidad de la escritura). La misma obra de Derrida y de otros autores post estructuralistas dan de manifiesto a la escritura como un acto performativo, donde la reflexividad es construida por el lector a partir de los estímulos que el libro propone.

Simultáneamente la figura del autor se precipita al abismo, la literatura goza de controversia, el texto como correlato corporal ya no designa una identidad, el cuerpo no tiene identidad sino flujo.
El espacio de lo taxonómico y su nominación en contraposición a lo innombrable o desterritorializado, hace repensar las categorías visuales y reflexivas. El trabajo de la emoción, ya sin necesidad de apelar a una universalidad del juicio, es una tarea asumida por creadores que revitalizan la sensibilidad, comprometiéndose con un arte cuyo ser está del lado de la corrección estética. Es en este sentido que estas Hojas de China de Gabriel Vieira, actualiza la noción del espacio sin territorio, del cuerpo cuya vitalidad no reside en las funcionalidad de sus órganos sino en la intensidad de su s tejidos.

No es un libro sobre China, yo me asocié a China para hacer un libro de literatura, que a su vez es un libro curioso. China y Grecia son dos pliegues distintos del pensamiento, dos formas de inteligibilidad, escribieron en distintas páginas. (…) El ideal chino del arte es trasmitir la vitalidad, el valor del instante mismo en que creamos. El ideal occidental sería, por otro lado, encarnar la belleza. Yo intenté encarnar la belleza trasmitiendo vitalidad, hacer una síntesis sensible, porque para conocer China hacen falta cien vidas.

Jorge Luis Borges en su ensayo El idioma analítico de John Wilkins ya hacía referencia a China como lugar desterritorializado. Las clasificaciones animales refieren a unidades discretas cuando refieren a Occidente pero se tornan incomensurables cuando refieren a cierta enciclopedia China titulada Emporio celestial de conocimientos benévolos. Posteriormente Michel Foucault utilizó este ensayo para contraponer las utopías a las heterotopías, aquellas cosas que no se pueden pensar. En Hojas de China, el narrador es visitado tres veces por seis demonios que le hablan en mandarín y cuya expresión formal son cursivas estilizadas chinas. El narrador advierte que “no los vamos a recibir con pensamientos, no vamos a capturar los pensamientos que nos surgen a su encuentro”.

En La Comedia, Dante ve compartimentos, castigos, el infierno esta dividido en nueve círculos, el libro en tres partes que se corresponden con los tres estados que atraviesa el alma en su redención, el retorno al padre por parte del uno. La Comedia representa la travesía del cristiano, es decir, del occidental. El viajero oriental, el viajero de estas Hojas de china, ha visto el jardín no para describirlo sino para trasmitirnos que su vida es insondable, y que ese fenómeno es algo común en lugares como éste. El narrador, lejos de ser un testigo ocular de la propia visión de sí mismo (como el dante), es solo una voz que guía y antes de terminar su trayecto se hace humo, no para que lector reflexione sino para que deje de pensar. “Cierra los ojos, el humo tiene forma de dragón.” Entonces, la obra trasciende en la medida que renuncia a su terminación. Como escribe Francois Julien, uno de los teóricos contemporáneos que Gabriel Vieira toma como referencia: “La gran obra evita suceder completamente, y se cumple mejor si renuncia a su terminación, ese es el valor bien conocido del esbozo, donde la obra se deja a sí misma para mantenerse como obra, en lugar de complacerse en sí misma exhibiéndose.”

Estas Hojas, han sido despojadas de la impostura intelectual para de esa forma hacer nacer un relieve sensible, conforman la entrada al jardín de la poesía china. “Por cierto: hermoso sería aquel libro que, al modo del árbol, renovara cada año sus hojas, siendo siempre el mismo; o el mismo libro, solo que su lectura es diferente por la mañana y en primavera que por la tarde y en otoño.” Un recuerdo de este libro recuerda a un poeta chino que por medio de la lectura lograba forjar una unidad emotiva perfecta, entre su alma y la del lector, mayor a la del cuerpo con el cuerpo, mayor a la del cuerpo con el alma. El destino de la literatura no es unívoco, será trabajo de las nuevas generaciones habitar sobre la selva para forjar un jardín, escribir páginas inentendibles para otros ojos que no sean los ojos nuevos del futuro.

Manuel Barrios
La Diaria
Montevideo, 2009

Blog de Hojas de China: http://hojasdechina.blogspot.com/

Federico Eisner, Bicha

Metaserpentosis, sobre Bicha, por Manuel Barrios.
Publicado originalmente en La Diaria.

Bicha de Federico Eisner Sagües, Ediciones J.C. Sáez Editor, Santiago de Chile, 54 páginas

Bicha presenta tres escenarios homónimos. El centro del relato es la creencia de que el nombre convencional de algo o alguien tiene la posibilidad de cambiar la fortuna del que lo dice. Decir “víbora” o “serpiente” en un escenario teatral puede ser sinónimo de mala suerte, yeta, por tanto los tres capítulos del libro se llaman “escenario”. En el primero los hablantes que allí residen niegan nombrarla aunque siempre hablen de ella, la misma bicha habita este espacio y tampoco dice su nombre, solamente sus atributos. En el segundo la bicha es nombrada: “y es que cuando escribo para ti hablo sobre mí”. El conflicto se agudiza ya que la referencia ahora no es de temor sino de contienda por la irremediable suerte que su reconocimiento puede generar.

La diversidad de nombres para una misma entidad, las catástrofes y dichas que puede heredar aquel elegido o desdichado que lo pronuncie tiene el poder de profundizar la semántica de cualquier texto. Enrique Verastegui en su libro IV Albus- Ética, escribe “quien pronuncie esta palabra XGTPOMLL tendrá protección contra el demonio, y quién la comprenda vencerá sobre él.” Para Verastegui la palabra es la espada, la puerta del adepto al método de la conciencia debida. En Bicha ocurre lo contrario: se huye de una palabra para que un simple animal, una simple víbora, no se transforme en un monstruo. Lo monstruoso es ese territorio ingobernable donde se materializan las maldiciones, conjuros, desventuras y azares, lo monstruoso es la creencia.

Bicha cultiva una mutua necesidad, entre el narrador y su bestia, el uno escribe del otro para huir de su infancia, el otro muestra su severidad, la naturaleza que no rehúye de sí misma. En ese territorio de lo desconocido, donde los efectos del espacio se ignoran, el poeta tiene la posibilidad de matar a la Bicha de su infancia a través de la Bicha textual. Es la intersección entre el poeta y su creatura la relación de posibilidad para dicha construcción simbólica.

La bicha
la maldita
la ortiga
me tiene de los huevos
me trae a los tumbos
como un reflujo a medianoche
arde y quema por dentro
porque es mía y me consuela
nació conmigo o más bien viene
con el paquete intrauterino
de mí creció y se alimentó
me hizo fuerte y pendenciero
vicioso de sus ciclos
me envuelve me estrangula
me aprieta el pecho para soltarme luego
y dejarme correr más adentro(…) una yara vanidosa que baila exótica
con todos mis rostros amados mientras cuelgo
aturdido de los árboles mojados
disca en los teléfonos de su piel
los números de la desesperanza
sigilosa roba mi voz y habla en mi nombre

Federico Eisner Sagüés (Montevideo, 1977). Reside en Santiago desde 1987. Estudió Química en la Universidad de Chile y trabaja en conservación y restauración de patrimonio cultural. Es también bajista eléctrico y ha integrado proyectos como Gavana (1997-2003) y Takatrio (2004-2006). En 2008 dirige un taller en Balmaceda Arte Joven de poesía y rock, y actualmente continua esta fusión en la jam session ImproSesión.
Es autor de la plaquette Pequeño compendio para un amigo (Ediciones del Temple, 1997). Poemas suyos aparecen en 30 Jóvenes Poetas (Universidad de Playa Ancha, 2004), en el disco Poetas-Chile Siglo XXI, Vol. 7 (Rayentru, 2004), y en las revistas Mercado Negro (2002) y Los Nóveles (2004). Es editor de Ediciones del Temple desde el año 2000.

Discusión agotada (sobre Postales de Sobremesa)



Postales de sobremesa ha continuado un designio invisible, ser leído sin lecturas públicas, ser escrito por un andrógino que niega la discreción del género. Existe una manifestación fotográfica o jurídica, performance y danza, texto escrito y también contado en las zonas más húmedas de la caverna. En esos pequeños rincones Alejandro Keller puede engendrarse a sí mismo, ser escribano, performer, escritor, locutor, o bien un hombre callado haciendo yoga con sus amigos en la playa de Santa Teresa. Su arte está del lado de lo heterogéneo, se visibiliza desde una zona donde la tradición se susurra y pugna contra el anquilosamiento de la novedad.

Ganador del primer premio en el Concurso Literario de la Intendencia Municipal de Montevideo (2007), y nominado a los premios Bartolomé Hidalgo, junto con Senryu o El Árbol de las sílabas, de Alfredo Fressia, y Antología poética, de Álvaro Figueredo, Postales de sobremesa es uno de los libros más interesantes que pueden leerse en la actualidad, y no hablo sólo de Montevideo. Su lectura es una vivificación reflexiva. Libro, poema, verso, palabra, sonido, cada parte es una extremidad móvil y siniestra.

La simplicidad y amabilidad son el tono de un eco. Israel (país donde el poeta vivió su infancia) aparece en las instantáneas familiares como un pasado de porcelana. Los poemas construyen escenas de perfección irreal a través de un falsete que encubre la agonía de no ser real.

La mesa está servida.
Purísima, el agua devuelve restos de fuselaje.
Abuelo dice que pertenecieron a cazas alemanes de la segunda guerra
–dudo que los alemanes volaran en 747–
bombardeando su pueblo
a pleno día, mientras el peluquero grita es necesario
cortar la oreja, no va aguantar en este estado.
Los niños escuchan en la arena.
(¿Cuándo fue el año pasado?)

Lo descriptivo hace avanzar al relato por medio del juicio. Los elementos se presentan y en su especificidad se vivifican. Por eso la impaciencia puede ser un fenómeno plural, las mujeres perseguir paralelas de luz, desayunar la hoja cuatro veces negra y el malogrado ascensor del cielo como un pliegue de lienzo agotado. En esa línea es que su poesía recuerda a la de Jorge Medina Vidal en lo que respecta a cierta retórica de lo lacónico, seducción de un territorio masacrado que ahora se concentra en respirar entre un verso y otro, el diálogo y los vasos comunicantes entre lo ético y su patetismo hacen que el sujeto actúe no en los hechos sino sobre la consumación pretérita de los mismos.

La siesta presagia
Un ovillo en los dedos de la frente.
Desterrada en nuestra baldosa
Ariadna exige rezarse minotauro
o sus inviernos
Aquel signo doméstico fue negado
Deberíamos estar felices. Hace frío.

En palabras del propio Keller:

Postales de sobremesa podría ser un road movie con fondo incierto y mutable, un viaje iniciático en el que primero se asume la extranjería como patria para luego disolver por completo ambas nociones, extender las raíces hasta que abracen toda dirección posible, desautomatizar la percepción, abolir divisiones imaginarias, sentir las infinitas líneas que nos atraviesan a cada instante, nutrirse de todo sin moverse del sitio, y moverse del sitio (...) evocar el pasado y ligarlo a la historia, pedirle cuentas y amarlo, una y otra vez, hasta multiplicarlo en nuestra piel, al fin, volverlo, volvernos, semánticamente plenos y multiformes.
La suma de todas las partes es menos que las partes, en la intersección se encuentran la coherencia y la indecible dicha.

Manuel Barrios
Publicado originalmente en La Diaria

Fotografía de Alejandro Keller