Había estado yendo...

Había estado yendo a la biblioteca todos los días inmerso en una ebriedad explosiva. Todos los cráteres en la calle, los paredones atestados de gentes que se han prendido sobre otras, las mujeres excitadas mirando todas hacia un mismo lado, los he estado haciendo yo. La sangre es sólida, es íntimamente mineral y toma todo el cuerpo en sus diferentes cruces. Te empuja las piernas, mueve los músculos principales y las articulaciones, va hundiendo el motor que lleva, en la carne poli estimulable de los acontecimientos. He comenzado a estimularla, hasta hace unas horas no le he dado descanso, estuvimos penetrándonos como caballos enloquecidos: puesto que la estimulaba, ella me oprimía dentro de ella misma las salidas calientes de aire, su fluido comenzó a subir y me llegó hasta el cuello, se me hundió en la boca e hizo afuera y adentro de mi varias pilas de edificios humanos íntegramente líquidos, unos corriendo lejos de mi y de mi constelación, otros integrándose al nuevo sistema sanguíneo con el que nos sacudimos como unos desesperados. La carne de los acontecimientos y yo. Estamos haciendo volar al corazón de los motores. Luego llegué a casa de ***** y me desplomé, me hundí muerto de sed en la familia y las cosas que se tocan. Tengo raptos de hipnotismo; puedo llegar a acabar libros enteros en una sola noche; si dejo de hablar, el cerebro empieza a desplazarse por las aberturas preparadas, y me resbala por la garganta hasta un punto poderoso para empujarme hacia los acontecimientos otra vez; y allí duerme mi cuerpo, es en donde siempre me vigilan. ***** se fue al trabajo y me dejó solo; en estos momentos tengo a la criatura amarrada, enloquecida de placer destrozando todo el cuarto. Todos los cráteres en la calle, los paredones atestados de gente junta, a las mujeres que miran todas hacia un mismo lado las he hecho yo. Ahora estoy desentendido de ellas, no deben importarme ni aunque me importaran, puesto que lo que importa son los cálculos proporcionales, la ortografía, y las leyes indispensables de lo administrativo. Como las criaturas aquí y allá babean, el cerebro escala mi garganta y se mete de nuevo en el cuarto y asesina a los caballos, apaga las luces, educa a las bestias en la reflexión y el sentido cristiano; a ellas se les seca la boca, y se mueren. Las mujeres excitadas han vuelto a sus obligaciones, y mueren. Ahora el mundo se dispone para mi y soy capaz de interrumpir cualquier manifestación súbita que provenga del centro, he controlado a todo aquel que sea yo, lo he sometido en la impertinencia aquí en el centro solar.
Tengo que dejar de escribir.

Diego De Ávila
Diarios