El día cayó...

El día cayó como una piedra que despertó en los perros el hambre por la cacería. Me encuentro abrazándome al plexo antiguo de la edad primitiva, de la lactancia gris sobre los pechos verdes del hombre, echado a un árbol, en la ramificación. La edad hosca ha empezado, seguida de un barullo inagotable que ha rebotado por distintos golpes para entrar por un lado del mundo y salir del otro; estamos haciendo terribles esfuerzos para sobrevivir, escuchen bien: estamos incorporándonos entre nosotros. Vamos por la orilla terrestre permitida recolectando cuerpos y partes que nos faltan: encontramos brazos, manos bellísimas que nunca han tocado un hacha, hondas narinas mojadas arrastradas lejos del océano, ojos enterrados aquí desde el fin del siglo. Nos estamos acabando, estamos generando cuerpo, escúchenme: vamos camino a la compresión total. El rastro de pelos sigue cosechándose entre la vegetación, los abre una gestación mecánica, desde un vientre congestionado de matrices públicas que gritan sin respiración posible, un hambre monstruosa de inventiva. Pare la tierra, como una madre violada a la que le intervinieron sus verdaderos hijos, una capa de pelos enloquecida que está puesta en el mundo para buscar aliento, y búsqueda, y más búsqueda; cuando aparecen debajo de los mares y pueblan las casas y los establecimientos orgánicos de las enfermedades, también, al mismo tiempo y casi en idéntico volumen, chorrean por las canillas de los baños de Maldonado, se meten en las camas en que yo dormía, en los progenitores, me buscan en los sitios y en los cuerpos en donde quedó mi olor, agarrotado incluso en otra gente que se ha tendido vacía sobre los yacimientos universales, gente que jamás he conocido, víctimas ocasionales, objetos atrofiados en mis respiraderos. Las mitocondrias estimuladas los despistan, pero andan cerca de mi... Hemos llegado a la unión del ser perfecto, concluimos la selección: brazos, torsos, ojos, gargantas, dientes y encías encontradas en la mutilación general de los restos que han ido a parar al campo; ahora adentro de los bosques somos la representación de lo bello, armados con los pedazos más memorables de los hombres somos ahora uno solo: bajo el rasgo hermoso, la calamidad hermosa, el núcleo poderoso de la célula humana: empujamos toda la tierra hacia el alud final, porque no lo olviden, no lo olviden, estamos hablando de los últimos estados de la regeneración.
Estoy corriendo, exhausto, desorientado por completo. Ya no sé dónde esconderme. Mueran sin acordarse de mi, húndanse en las trampas, no me encuentren. Pero encuéntrenme por lo que más quieran, no se vayan a olvidar de mí. Yo amo.
Resbalé del cuerpo hermoso de mis hermanos, se desprendieron mis células intactas para dejarme solo. Quiero que me atrapen, que no me dejen piernas, que me lleven junto a ti desesperadamente: yo mismo arrastraré a los perros por todo el infierno para verte pronto, para volcarme en tu cuerpo acuático y desaparecer. En ti no hay bosque que me esconda, porque en tu amor yo desaparezco. La mujer que amo es el único alud final. Los hombres que han construido el cuerpo hermoso y me han echado de su unidad dejándome resbalar hasta los perros serán cazados, están perdidos, se han equivocado de manifestación. La mujer que amo es el único y verdadero alud final. Me enterraré con ella, en donde nuestras transpiraciones y jadeos comenzarán a gestar el nuevo olor genital de la Tierra. Estoy desesperado, pero no lo estoy. Estoy siendo cazado, pero estoy cazando fuerzas, piolas, piedras enormes para arrastrarme y atravesar las inundaciones, porque podré llegar a vos incluso después de la avalancha, arderán las furias congeladas de una nueva era glacial, caminaré en su nieve los milenios necesarios, piso tras piso de los innumerables planetas blancos que deberán seguir. Sentado en la extinción del viejo mundo aguardaré los deshielos; cobijado en la calurosa idea de ti llegarás, verdadera Madre Tierra; sobre los olvidados perros, sobre los cazadores, introducidos en la implosión total del mundo explotaremos el citoplasma inicial. Si escondo mi cuerpo me hundo hacia ti; si escapo corro hacia ti; hacia el verano vegetal del fuego; hacia el único perfume que respiro; el que huelo en las mañanas cuando los perros huyen.


Diego de Ávila
Diarios