Manuel Barrios, Hábito



Lectura en Poquita Fe 2008

LA SONRISA VERTICAL

Oigo los mechones del océano.
Oigo la rosca que torneó a las piernas para dejarlas en fila.
Porque llevo tus tobillos en mis orejas
y el invernadero de muelas crepita
la marcha de vidrios rotos a la que vamos a asistir.

Me puse una camisa hecha de ojos trasparentes,
que hablan sobre el día en que se quemó la luna
hacia el gris hundido de la galaxia.
Miramos hacia adentro y no volvimos a hablar.
Los huesos de agua fueron algo incontinuable
para los artesanos de oro que destilan madera cortante y divisoria
= tierra & plata

Otra vez de nuevo
tenemos tasadores en nuestras playas,
disfrazados de aparición y fortalezas.
Sus bolsillos son un cielo de estrellas impuntuales
suspendidas en suelo ciclotímico,
donde arrojan semillas pulmonares que se entierran hacía el fuego,
contrarias a la luz muerta que huye de la mueca de mi corazón.

Comí de las estrellas un trago.
De mis ojos laterales escaparon ramas de cobre
y pequeños animales veloces mordisquearon sus madrigueras
hechas de cuarenta mil granos en forma de volcán
por dónde vuelven a mi útero del cual han nacido.
Sus manotazos torpes,
sus tarascones zarpados en edad de leche,
me dieron tanta gracia
que abrí aún más las paredes,
y los invité a jugar conmigo
para acelerar la hinchazón de los árboles
que de tanto crecer se infiltraron en el sol y lo dejaron húmedo.
Trenzados en la pista de mi espalda
hicieron fila hasta ganar el escenario de cera
y atacaron una y otra
a ensordecerme:
muy lejos del cielo también se abre un ojo
parador de ramas de centella
donde hombrecillos sin cabeza
caminan guiados por sus manos entrometidas.
Para dormir se acurrucan en forma de puño
y para despertar palmean las pestañas
con un gesto de oración. Fueron tan ciertas sus palabras
que no contuve al enigma de mi enojo
y los arranqué de mis oídos,
con su forma de pedestal en el vacío
me sirvieron de tacones
para tambalear mis pasos
sobre el maizal de tripa
y seguir caminando.

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