Alejandro Keller, poemas de Postales de Sobremesa

Hasta donde alcanza la mano

Se apagan posibles luces.
Al margen de mínimas historias personales
una calle falsifica los finales de guiones inconclusos.
Las plazas se abren paso y me respiran.

La pregunta avergüenza ciudades.
Ya no hay música.
Cruzan gorriones, dicen melodías
que aprendemos de las cosas.


Discusión agotada

La siesta presagia
un ovillo en los dedos de la frente.
Desterrada en nuestra baldosa
Ariadna exige rezarse minotauro
o sus inviernos.
Aquel signo doméstico fue negado.

Deberíamos estar felices. Hace frío.



Pasada la tormenta

-I-


La impaciencia, plural; el aire, digamos frío.
Algunas aves de presa, desplumadas, se detienen
en busca de imágenes que resulten familiares.
Marineros ebrios se diluyen
como sonrisas inverosímiles en fotos veladas.
Las mujeres persiguen paralelas de luz
-pedazos de un sol muy antiguo
chapoteando en tazas sucias y café.

En la hora, fuimos agraviados en idiomas
que desconocíamos. En la hora.

-II-

Nunca tan sencillo diseñar un estuche con la ceguera de dios.
Pero estamos cansados de planear asesinatos
tarareando una canción de cuna.
Acaso un filo doble pudiera esa fuente
sin palomas ni doncellas, iniciar algún reflejo
y su razón suficiente.


Día ocho

La mesa está servida.
Purísima, el agua devuelve restos de fuselaje.
Abuelo dice que pertenecieron
a cazas alemanes de la segunda guerra
-dudo que los alemanes volaran en 747-
bombardeando su pueblo
a pleno día, mientras el peluquero grita es necesario
cortar la oreja, no va a aguantar en este estado.
Los niños escuchan en la arena.

(¿Cuándo fue el año pasado?)

Con dedos de roer, descansaron lo que queda.
En vísperas de Navidad, el castillo del cordero
es un monumental hospicio.
La orilla está llena de cadáveres
que debemos esquivar con elegancia.


Carta llena de amor

"…ho scritto/lettere piene d’amore//Non
sono mai stato tanto/attaccato alla vita"
Giuseppe Ungaretti

El paisaje pega y recorta detalles cotidianos.
La otra noche, sin ir más lejos, un cordero
se manchó con sangre de verdugos.
Breve juego adverso la memoria:
manos antiguas recogían papiros
en los ríos; ciudades abiertas sobre tierra.
Hasta el silencio más joven
podría adivinar la contraseña
de las hormigas apurándose.
-Álgebra de arterias que pasa
de un vaso a otro.

Vi decir que uno deja de ser niño
cuando posterga dibujar humanos asuntos
en las nubes. Una tía cercana
solía repetir que después de perder la dignidad
no queda nada. Estaba deliciosamente equivocada.
En todo caso, resulta conveniente atesorar los pantalones.

(Un forense asesinado
constituye un marco de altísimo valor
ético)

Es preciso una clave que resguarde de exilios.
Ni casitas quemadas, ni lenguas
arrastradas por caballos –nube
que toma forma de nube. Improbable
telón de fondo; lo demás, se sabe, es nieve.


A medio escribir

Pasando en limpio carreteras
y canciones de niños sin perro, el invierno
acuna un kilómetro de noche.

Otras
aguas más cuervo.
Los ojos se persignan
en perímetros de página.

Descansemos. Siempre falta poco
para el próximo pueblo.


Razón de ser

El otoño entero, entre otros
problemas, cae
de espaldas en la cama.
Ella diseca el amanecer
por el vidrio equivocado.
Apago barcos en su horizonte posible.
(Este tiempo dura
lo que una carta en blanco).
En la vereda llueven partituras.
Negociamos hechos consumados.


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